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Bitácora De Yeye, Primera Página

Primeros Pasos

Mi segundo mes en el mundo de color me sigue costando, Por momentos encuentro zonas de gran placer y en otros quisiera tirar todo por la borda y seguir refugiándome en su contemplación y su comprensión teórica.

Es duro enfrentarse a un mundo silencioso que yace dentro de uno y del que se desconoce su manera de expresarse. Con qué signos me puedo conectar a él? De tan sensible, a veces se convierte en un censor implacable de la mano que lo quiere liberar y el ojo que lo quiere fijar.

Me llevó mucho tiempo cruzar el umbral. Liberar a esa voz que no paraba de gritar hasta ver cumplido su deseo de tener su oportunidad. Al igual que un genio encerrado en una lámpara me prometía un mundo inimaginable al que podía acceder si lo dejaba salir de su encierro. La froté y una tarde me encontré en un taller dando mis primeros pasos, sacándome el miedo y enfrentándome a la vergüenza que genera la mirada del otro.

Esos otros, mis compañeros de taller, a quienes todavía veo en otra escala, estaban ahí compartiendo sus mundos e invitándome a que hiciera lo mismo con el mío.

Mi primer trabajo fue copiar con carbonillas una pintura de Manet. Terrible irreverencia hacia el gran maestro francés, pero ese era mi primer ejercicio. Tratar de obtener con una valoración de grises una imagen lo más parecida al original.

Mi maestro se acercó con una enorme hoja blanca, la colocó en el caballete que me asignó cuando llegué, me explicó algunos detalles técnicos y me dejó sola frente a esa blancura.

Si no hubiese sido porque ya estoy grande, me hubiese ido corriendo. No sabía por dónde empezar, la hoja me intimidaba, tenía miedo de hacer el ridículo frente a mis compañeros, gente ya curtida en el arte de asirse del blanco.

Estaba paralizada, lo que me daba alguna tranquilidad era la goma que me había dado el maestro por si necesitaba deshacer algo. Era lo blanco y mi bloqueo. Lo blanco y mi temor a dibujar una línea, lo blanco y mis contradicciones, lo blanco y mis indecisiones, lo blanco y mi subestimación, lo blanco y mis justificaciones, lo blanco y mi timidez, lo blanco, solo lo blanco.

De repente un impulso me abalanzó sobre la hoja y me puse a carbonillar como si toda la vida lo hubiese hecho. Qué hermosa sensación, no quería que se me pasara el efecto!

Sentí mi alma vibrar, pude reconocerla y experimentar tantas satisfacciones imposibles de describir con el lenguaje con el que estamos codificados, y sí con el lenguaje del color o la sombra, como era en este caso.

Lo que sospechaba sobre el acto de pintar lo estaba confirmando. La pregunta obvia vino a regodearse: ¿porque tardé tanto en intentarlo?
Se terminó la clase, todos juntamos nuestros petates y, entre risas y saludos, cruzamos el umbral, punto de unión de mi mundo primario y su complementario adyacente.

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